Lucky Three (Jem Cohen, 1996)



En 1996, Jem Cohen grabó “Lucky Tree”, retrato sobre el malogrado cantante de Portland Elliott Smith. Se compone de tres partes, dos canciones del "Either/ Or" de Smith y un cover del grupo Big Star. Letras susurradas en un improvisado estudio buscando ser evocadas en la cámara itinerante de Cohen, imágenes buscando compañía en los melancólicos mensajes de Elliott Smith: la integración entre ambos universos tan cercanos emerge en esta tímida pieza. Una vez vista, parece no haber música más adecuada para acompañar estas imágenes urbanas de Cohen que la de Elliott Smith. Quizá, cuando vuelva a escuchar "Between the bars", a ese chico depresivo que le pedía a una mujer inestable que le acompañase a beber para olvidar la presión de los días, la canción habrá quedado ya ligada a estos paraísos desiertos de Cohen. Los paraísos desiertos de Elliott Smith.

El futuro en el pasado


“Vuelvo a los lugares que conocía tan bien, pero no los reconozco, ya no hay árboles. Pero nuestra casa, todavía estaba allí…”
Jonas Mekas, en “Reminiscencias de un viaje a Lituania” (1972)


“Regreso y todo es distinto, pero nada cambió. Las guerras civiles se siguen sucediendo, las mismas batallas tienen lugar. Mírame, estoy inquieto como si hubiera vuelto a prisión. Viví toda una vida en diez años y ahora los hábitos vuelven.
¡Nada ha cambiado!”

Doc, en “Route One/USA” (Robert Kramer, 1989)


"Todos tienen, como yo, el futuro en el pasado"

Fernando Pessoa

Sobre la esgrima


Con la que está cayendo... ¿usurpar el tiempo de una persona no es el acto más egoísta que puede acometer un artista?, me inquirió E.


Después de ver los 435 minutos de Sátántangó, y las primeras 40 horas de los Soprano, es necesario acordarse del pobre Amalfitano.

"Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez".
Roberto Bolaño

Y si quedan fuerzas, próximamente, Sátántangó.

Paranoid Park (Gus Van Sant, 2007)


La película comienza con super 8 y un amable tapiz de música electrónica. A partir de aquí es difícil seguir la cronología. Creo que no recordaba tener que haber visto una misma película dos veces seguidas desde el ya lejano mazazo de Exotica, de Atom Eyoyan. Como me ocurrió aquella vez, el primer visionado resulta abrumador, pero a la postre muchísimo más gratificante que el segundo. Y es que esta película, como aquella, es un auténtico viaje en el sentido más lisérgico de la palabra. En este caso, un viaje a la mente de un chico de 15 años.

Paranoid Park, es una propuesta bastante desconcertante incluso para venir de quien viene. Más que nada porque tiene poco que ver con esa trilogía – me refiero a Elephant, Gerry y Last Days- que parió Van Sant después de darse el atracón de Bela Tarr.

Aquí no queda casi nada de esos falsos – y largos, larguísimos- movimientos que suelen emprender los personajes de Bela Tarr y que con tan buenos resultados asimiló Van Sant. El tiempo de la espera, la sensación de inminente catástrofe que impregnaba aquella era, no tienen hueco en una película que se ocupa precisamente de la catástrofe y, sobre todo, de los instantes que la siguen.

El despliegue de recursos, géneros y texturas de Paranoid Park es sencillamente brillante, un constante juego entre sombra y luz, silencio y ruido. No es fácil encontrar una obra de ficción como ésta en el que el diseño de sonido logre su propósito de desgarrar las imágenes y llevarlas a otro nivel de percepción. Es obligado sentir que la película está mutando al ritmo del fluir de los pensamientos del protagonista: el resultado es un mixtape delicioso e hiriente, como aquellos que uno no paraba de escuchar en aquella fatídica edad.

Y es bien cierto que la fotografía del endiosado Christopher Doyle puede resultar cargante por momentos y que Van Sant bordea el barroquismo más irritante (especialmente tras ese segundo visionado que no recomiendo hasta que pase un tiempo prudencial). No será tan geométricamente perfecta como Elephant, pero Paranoid Park es innegablemente una obra fascinante. Mucho más que un simple ejercicio de estilo, un ejemplo de ese escaso cine que nos transporta sin falsos movimientos, que nos guía hacia un estado mental asombrosamente próximo que creíamos olvidado.


Daniel García (con la inestimable ayuda del amigo americano)

Sobre “Wendy y Lucy”, Will Oldham y otras historias



Recuerdo volver del cine de ver la nueva película de Kelly Reichardt, "Wendy y Lucy", y dar vueltas sobre cómo escribir sobre ella. Algunas semanas después, al pensar en la película, me viene a la mente Will Oldham. El músico de Kentucky protagonizó el anterior filme de Reichardt, "Old joy" (2006) y en esta película su intervención no excede los cinco minutos. Aún así, parece que este personaje que interpreta es una extensión de aquel que nos inquietaba en "Old joy": sigue siendo un treintañero alocado, del que desconfías pero a su vez no te apetece separarte. Quizá por esto, es el personaje de Oldham lo que mantengo más presente, porque me permite enlazar ambas películas de Reichardt.
De Oldham me atraen muchos aspectos. Primero sus discos, por supuesto. Incluso aquellos más pequeños, que parecen hechos a modo de pasatiempo, de veinte minutos y bajo un prisma lo-fi como si se hubieran escrito y grabado en tiempo real. Saca discos casi cada mes, y aun así es difícil sentirse saturado. Pero además, oigo el Spiderland de Slint y me imagino a los músicos, cuatro jovenzuelos despreocupados, en ese lago a mediados de los noventa siendo fotografiados por Will Oldham. Algo tiene que ver esta foto con el enigmático misticismo que envuelve hoy a Slint. También contemplo los diseños de sus discos, que engarzan con la música que acompañan: la calavera trémula del I see a darkness, las ilustraciones naif del disco que grabó con Tortoise, o el dibujo de la portada del último disco que publica, Beware, donde evoca poderosamente al Johnny Cash de American recordings. Además, su faceta de ilustrador le ha servido no sólo para dar forma a sus discos, también para diseñar portadas para otras revistas, como hizo en un número del Zoetrope: All story de Coppola.
Hace años, mi irreversible timidez me impidió acercarme a ese americano barbudo que caminaba en sandalias por la Alameda de Sevilla, una tarde lluviosa de marzo. Puede que fuera también por la sensación que me transmite Oldham: un elusivo treintañero, extravagante, del que desconfías, pero igualmente cuesta desprenderse.

Me he perdido. Este texto pretendía hablar sobre "Wendy y lucy". Aunque, ahora que caigo, la presencia de Will Oldham en la película soltando un extrañísimo monólogo dejaba en Wendy sensaciones parecidas: hierática, a media distancia, como si tuviese miedo a intervenir, se queda observando cómo ese personaje lanza proclamas surrealistas bajo las brasas de una hoguera.

Aurelio Medina





(Aquí escribimos la parte de entrada que veremos extendida )